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sábado, 30 de mayo de 2015

Por siempre tuya



Los cuentos saben a poco cuando de imaginarte se trata. El sol alumbra tarde la soledad que dejas al marcharte. El viento se lleva lento el último aroma de noche de la habitación. Y esa lentitud me ahoga poco a poco al no poder dejar de respirar tu perfume. La sonrisa aparece borrada de mi rostro de alma solitaria y la copa de vino de la última celebración todavía continua a la luz de las velas. La alegoría del amor que recuperamos de nuestra juventud todavía permanece en el ambiente, y te puedo asegurar que aunque a veces me encantaría deshacerme de ella, no abro las ventanas para que no se esfume. La cama continúa deshecha, sin haber movido ni siquiera las sábanas, y tu camisa arrugada por la pasión sigue todavía en el suelo. Todo está tan intacto, tan perfecto, como si acabásemos de despertar de la velada, como si todavía estuvieses de pie frente a la ventana mirándome mientras despierto. Y es ahí donde me coloco, tumbada en nuestro nido de caricias, intentando buscar tu silueta entre los rayos de luz que irrumpen cegadores. Pero no hay cuerpo que los obstruya, que impidan que entrecierre los ojos para seguir intentando buscarte. No estas tú. Tú has decidido seguir con tu vida, que aunque no es idílica, es bella. Y yo, no puedo volver a la mía, porque me he quedado atrapada en este paréntesis de tiempo. Me extrañan, ¿sabes? Llevo días sin dejarme aparecer por casa. He pensado en llamar y decir que estoy bien, pero no puedo mentir, no lo estoy. He pensado también en llamarte a ti y suplicarte que vuelvas, que vuelvas conmigo aquí, a esta ruptura de nuestras historias, a este prólogo escrito en medio del libro. Pero no lo hago porque tu respuesta me desgarraría más de lo que lo ha hecho tu partida.  Te has ido de manera silenciosa, y sería más doloroso escuchar el sonido de tu voz en un adiós. El error durante este tiempo no ha sido recordarte, ni ha sido pensar de vez en cuando en ti. La equivocación ha llegado con el naufragio de nuestros desnudos, con el vaivén inesperado de la pasión vivida como un solo cuerpo. Y pensar que ya no eras una droga para mí, y que solo iba a ser un simple disfrute. Ahora eres tú el que no has querido que lo intentemos, devolviendo la moneda del pasado, cuando fui yo la que huí de ti. Así que no nos daremos una tercera vez...Sentenciando así con esta carta lo que es la despedida definitiva de nuestro nosotros, sin poder dejar de decirte... por siempre tuya.

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