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miércoles, 27 de mayo de 2015

Carta a mi alma gemela, Osea tu. 


Hola. 

Soy tu alma gemela. Bueno, no exactamente. Soy tú, la que ves cuando te miras en los espejos. Hasta ahora siempre he permanecido callada, imitándote los movimientos al milímetro. Tengo muy dominada la técnica y cada vez me resulta más fácil, excepto cuando cierras los ojos, claro, que entonces no me ves y me permito tomarme ciertas licencias. Por cierto, lo haces mucho, muchísimo. A cerrar los ojos, me refiero. Conociéndote sé que entras en una especie de viaje astral, en el que tratas de abstraerte de todo aquello que no te gusta del mundo en el que vives, que es justo el inverso al mío. 
Soy tú. Sí, ya sabes, esa silueta que la gente ve algunas noches de luna llena dando vueltas por la ciudad. Te gusta imaginar que tu vida se compone de una secuencia de video-clips y te deslizas con movimientos suaves, acompasados, como si siguieras el ritmo del preludio de Thriller y en cualquier momento fuera a parecer Michael Jackson con una corte de zoombies, para ser tu partenaire. Son inconfundibles tus pasitos cortos y ágiles, como si caminases por el agua. Soy tu otro yo, la de la mirada perdida en otros mundos y la media sonrisa, que se torna en mueca o mohín, según los atardeceres que acuden a tu ventana. 
Soy la actriz de esa película que recuerdas en sepia, con cigarrillo al borde de los labios -como si estuviera a punto del suicidio arrojándose desde ellos- con la ceja arqueada bajo el sombrero de medio lado. Soy la mujer que reparte saludos, pero malvive huérfana de abrazos. Soy esa ingenua que cree que el amor mueve el mundo desde que tiene uso de razón. Esa que adquirió la cordura de golpe, tras casi perder la vida o ganarla –según se mire- una mañana de febrero. 
Soy esa que camina descalza por la playa a finales de noviembre. La que habla con el mar desde los acantilados en los que se derrumba la ciudad en sombras. Soy la que acaricia a los perros abandonados y adopta a las almas sin dueño. Soy –eres- la que se enamoró por primera vez a los diez años y la que dio su primer beso a los dieciséis bajo una lluvia de fuegos artificiales y desde entonces no ha dejado de darlos. Besar resulta a veces pernicioso para la salud cardiaca. Besar es un vicio. Una vez que empiezas no dejas de hacerlo nunca, porque tus labios ya no te pertenecen y no responden a un orden natural, sino a un impulso. 
Soy la que rompió unos cuantos corazones equivocados. Soy la que lloraba por amor o por algo que se le parecía mucho –y dicen que de amor ya nadie muere…tengo mis dudas-.Soy la que perdió algún que otro tren y acabó cogiendo el primer coche que le paró haciendo autostop. Soy la que vio trescientos amaneceres seguidos sin dormir y luego durmió quinientas noches, hasta que la despertó un príncipe azul que tenía demasiada prisa –un profesional del beso anti-encantamientos- que se marchó a besar a otras princesas hechizadas. 
Soy la que perdió muchas cosas en este camino, pero ganó (ganaste) más. Conocí gente que creí que estaría conmigo toda la vida, que pronto desapareció y ahora se comporta como desconocida cuando nos cruzamos en la calle. Todos se llevaron algo de mí (de ti) y me dejaron (te dejaron) algo suyo. Me quedo con eso y con el recuerdo. 
Soy la que conoció a otros pensando en que no me dejarían huella y siguen aquí, a mi lado. Puedo decir que reí mucho y lloré más. Lloré por dolor, por amor, por miedo, por alegría, por despedidas, por muertes, por nada…porque desahoga, porque humaniza, porque ennoblece, porque no pude evitarlo…Soy –eres- la que suele hablar a destiempo y eso me costó alguna amistad. Comprendí que a veces la verdad no siempre es el mejor camino, o al menos, no el más fácil. A veces invento verdades a medias. Creo que no hago mal a nadie. La vida es un puñado de verdades a medias que te ayudan a sobrevivir hasta que descubres la realidad. 
No suelo (no sueles) enfadarme y me quejo poco. Creo que tengo muchas cosas. La mayoría son pequeñas e invisibles. Son las que me hacen más feliz. 
Soy la que escribió muchas cartas en papel, que fueron contestadas por otras tantas que aún conservo. Son el testimonio de un pasado que recuerdo con nostalgia, pero sin ganas de volver a vivirlo. No echo de menos a la que fui, porque a pesar del paso del tiempo, sigo reconociéndome en los espejos y eso me gusta. 
Querida amiga yo, pase lo que pase, no olvides seguir siendo tú (…guiño al espejo…).

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